Un encuentro con mi bisabuelo

Durante poco más de dos meses no escribo nada y ahora de repente dos entradas casi seguidas.

Parece que de golpe me han entrado las ansias por decir cosas, pero lo cierto es que hoy vengo a contar una historia que poca gente conoce y que me gustaría compartir, quizá por el hecho absurdo de sentir que a veces resulta más fácil compartir ciertas intimidades con desconocidos que con gente cercana. Y sobretodo, porque internet otorga un anonimato que ayuda mucho a expresarte más abiertamente.

La historia que vengo a contar forma parte de un rincón de mi mente y mi vida y quizá después del tiempo que ha pasado de la muerte de mi abuela me han entrado ansias de dejar cierta constancia escrita, de escribir que sucedió, y que no quiero olvidarlo porque supuso un cambio (Como la anterior entrada, aunque este en otro sentido) de mi modo de ver la vida, y que ha cobrado fuerzas después de la pérdida de mi abuela.

La historia que hoy vengo a relatar habla de un encuentro, un encuentro curioso, un encuentro con mi bisabuelo. Digo curioso porque mi bisabuelo murió bastantes años antes que yo naciera, así que sí, estoy hablando de lo que muchos llamaría un encuentro con un fantasma.

Si algún escéptico decide leer estas palabras, le pido solo que lea hasta el final. La historia tiene un sentido, y un significado, y puede que leyéndola completa entienda el que yo le di.

Para empezar el relato, debo ponerme en situación. Lo primero de todo, me considero una persona atea, y es una posición respecto a las religiones que siempre he mantenido, de pequeña de manera vaga, y durante la adolescencia ya consolidada como una idea fija en mi manera de entender el mundo.

Tengo familia religiosa, muy religiosa, y mis padres, aunque no profesan ninguna religión concreta (Mi padre cree en dios sin seguir ninguna religión y mi madre se considera agnóstica), sí que creen fervientemente en los fantasmas. Así que a pesar de mi falta de fe en la adolescencia, cabe destacar que fui poderosamente influenciada durante mi infancia y pre-adolescencia con ideas de fantasmas. Mi madre me enseñó a jugar a la ouija como regalo por mi doceavo cumpleaños, y a los trece me regaló una baraja del tarot y me enseñó a leer las cartas. En mi casa siempre que se sacan estos temas se habla de la historia del fantasma peculiar de nuestro pasillo y fue ahí cuando empezó todo.

No había cumplido todavía los doce cuando en una reunión familiar salió de nuevo el tema de los fantasmas. Mi madre enseguida se apresuró a contar su historia favorita: El fantasma del pasillo. La historia empieza con mi madre viviendo sola en una enorme casa (La nuestra), con su largo y lúgubre pasillo y los ecos extraños que a veces hace una casa, especialmente cuando temes tu propia soledad. Fue una noche cuando se despertó de una especie de sueñovela con ganas de ir al baño (dos puertas más allá de la habitación) atravesando el oscuro pasillo sin encender ninguna luz. En la penumbra, y todavía medio dormida, se cruzó con alguien (Según ella misma relata) en el pasillo al que saludó sin interés (Para ir y para volver) y sin ningún temor. Ya en la cama, se dio cuenta de golpe de lo que había ocurrido y asustada, pero con enorme coraje, decidió asomarse a la puerta a otear el pasillo. Allí, evidentemente, no había nadie. Pero el recuerdo de la sombra, del “alguien” seguía con ella. Una persona alta, robusta, una persona a la que no temía, una persona que conocía. Pero, ¿Quién?

El misterio continuó cuando, tiempo después, cuidando de sus sobrinas en esa casa, la mayor le dijo que desde el comedor donde estaban (En un extremo de la casa) veía a través del pasillo, asomándose a la puerta de la cocina, un señor que le hacía señas para que se acercara. De nuevo mi madre decidió acercarse a la cocina a ver, y de nuevo, allí no había nadie. Pero algo la sobresaltó, la niña (Mi prima) le dijo que aquel hombre llevaba un tatuaje en el antebrazo, un tatuaje azul de una muñeca. Describía un tatuaje como el que  su abuelo llevaba en ese lugar después de hacer servicio en un submarino durante la Guerra Civil que a él le tocó vivir. Su abuelo, que ya había muerto.

De nuevo, la cosa quedó ahí hasta que en otro salto temporal, mis padres empezaron a vivir juntos. La primera noche que él paso en la casa, también necesitó ir al baño, y como empieza a ser costumbre, no encendió la luz. ¿Y a quién creéis que se encontró en medio del pasillo? A la sombra alta y robusta, que al pasar susurró “Cuídala” para no volver a aparecer en nuestra casa nunca más.

Esa sombra era mi abuelo” acababa el relato mi madre con lágrimas en los ojos. Siempre tuvo la espina clavada en el corazón de que su abuelo, al que tanto quería, no la vio casarse ni nos conoció a nosotras, sus hijas. Siempre lo dice, cada vez que sale el tema se le saltan las lágrimas. Y aquel día, en esa reunión familiar donde yo escuchaba por primera vez esa misteriosa historia, no fue la excepción. Mi bisabuelo quería conocerme. Fue lo único que después de escuchar ese día pude pensar durante semanas, en cómo mi bisabuelo habría querido conocernos, en como no pudo. Y fue el inicio de una obsesión. Empecé a pedirle fotos a mi abuela (Existían muy pocas fotos de él), y a pedirle que me contara historias sobre su vida. Empecé a conocer todo sobre mi bisabuelo, especialmente su paso por la mili, su servicio militar durante la Guerra Civil en aquel submarino que nunca entró en combate, su entrada a la cárcel, que estaba tan cerca del mar que todas las noches subía la marea y inundaba los calabozos hasta las rodillas de los presos, de la neumonía crónica que allí cogió, de la liberación de muchos de aquellos presos, incluido él durante un indulto de Franco por la boda de su hija, de la huida a nuestra tierra acusado por ser rojo, de los años en la sombra temiendo que volvieran a por él para llevárselo de nuevo, de sus manos temblorosas, de su carácter que era afable pese a su recio aspecto, de sus a pesar de todo, ideales sobre la república, de su famosa frase “El día que yo me muera, si me metéis a una iglesia me levanto y me voy” y de cómo por un curioso incidente, efectivamente, el día que murió no llegó a entrar a la iglesia, cumpliéndose así su voluntad, de tantas cosas … De tantas cosas que yo no lo conocí, pero a veces podía cerrar los ojos, oír su voz e incluso sentir su aroma. Era como si los recuerdos que me habían contado otros se convirtieran en los míos propios, como si todo lo que los demás habían vivido con mi bisabuelo se convirtiera, en mi mente, en recuerdos vividos por mi.

Llegó entonces el momento en que quise verlo, en que quise que aquella sombra del pasillo volviera a aparecer para mi, para que me conociera, para que pudiera verlo, para que habláramos. Llegó el momento en que la niña que era en aquel entonces cruzó la frontera entre el miedo a la muerte y los fantasmas y lo convirtió en deseo de conocer a una persona que para mi madre había significado tanto. Y que para entonces, ya significaba mucho para mi también.

Y dicho deseo, como es obvio, se convirtió en realidad. En mi habitación, a un lado de la litera que compartía con mi hermana, pegada a la pared, había un sofá. Yo siempre dormía de espaldas a dicho sofá, de cara a la pared (¡Castigada! xD), pero llegó para mi un tiempo en el que me costaba dormir. Todas las noches sentía una sombra cerca, unos ojos mirándome desde el sofá, pero cada vez que lograba el valor para girarme, allí no había nadie. Una noche el valor llegué antes y cuando me giré, allí, efectivamente, estaba: Mi bisabuelo, reflejado como en las fotos. Alto, tan alto que sentado en un sofá tan bajo las rodillas quedaban un poco elevadas. Tenía las manos entrelazadas apoyadas en éstas, y en uno de los brazos podía notar el tatuaje azul de la muñequita. Me miraba, sonreía. Me incorporé mirándolo a los ojos.

Y creo que ese día, aunque resulte paradójico, me convertí directamente en una escéptica. En una atea.

No puedo decir porqué, no puedo decir cómo, pero en aquel momento, bajo los efectos del insomnio y llevar encima una obsesión por mi bisabuelo que había arrastrado meses, pude decir claramente que aquella sombra en el sofá, que tomaba su forma, no era mi bisabuelo. De hecho, no era nadie. Ahora lo recuerdo y es algo borroso, pero es como si en mi mente yo supiera que aquello no era un sueño, pero tampoco era real. Como si pudiera haber extendido la mano y haber visto aquel recuerdo materializado desintegrándose.

En aquel momento sentí tantas cosas que se tornaron un torbellino. Me sentía alegre, feliz de poder conocer a mi bisabuelo por fin, feliz de que se hubiera producido un encuentro que nunca debió haber ocurrido. Feliz de verlo allí, velando por mi. Pero me sentí al mismo tiempo decepcionada y desolada, porque eso era lo que quería y sabía que de algún modo, no era real. Era como si de golpe entendiera el poder de la mente, como si de golpe viera a mi propio cerebro trabajando día tras día, recopilando toda esa información que había guardado durante meses en una carpeta de mis archivos mentales llamada “bisabuelo” y las emociones tan intensas que sentía por los recuerdos que otros tenían de él y mis propios deseos hubieran hecho estallar esa carpeta tan fuerte que había rebasado los límites de mi propia mente y había hecho vagar esos recuerdos delante de mis ojos. Era tan increíblemente parecido a cómo lo había imaginado, que resultaba tremendamente irreal. No entiendo qué ocurrió en aquel momento, y porqué decidí volver a tumbarme y dormirme, sin dejar de mirarlo, pero sin intentar nada más. Pero esa experiencia estuvo enquistada en mi mente durante mucho tiempo.

Aquella noche había saltado de la completa fe y el temor absoluto a los fantasmas al mayor escepticismo posible. Durante un tiempo estuve confusa, pero poco a poco todas las piezas del puzzle empezaron a encajar. Podía seguir “viendo” a mi bisabuelo cada vez que cerraba los ojos. Una imagen tan clara y tan nítida, una tan realista que si hubiera parpadeado muy rápido al crear esa imagen en mi mente habría tenido el efecto visual de tenerlo delante. Podía entender lo que había pasado, podía ver como mi mente se había engañado a si misma, me había engañado. La persona que durante meses había querido ver, aquella en la que había estado pensando casi cada día, simplemente había aparecido para complacer mi obsesión y se había desvanecido en una noche. Tanto él como mi obsesión. Se había acabado. Podría haber estado años atada a una idea absurda, soñando con cosas imposibles, querido conocer a una persona que hacía muchos años había muerto, llegando a entrar en periodos de verdadera congoja por no poder verlo. Mi mente había decidido ponerle fin a eso, “¿Quieres verlo? Ahí lo tienes. Se acabó el juego.”

Para cuando mi madre me enseñó a jugar a la ouija a los doce años yo ya no creía en fantasmas y jugar a dicho juego solo me demostró más cuan falso era todo ese mundo y lo irreal que podía resultar.

Siempre me pregunté entonces qué significaba la historia sobre la sombra del pasillo que mi madre siempre me contaba, pero con el paso del tiempo me di cuenta que el recuerdo de aquella noche con mi bisabuelo se había distorsionado tanto en mi mente que no era difícil pensar que a mi madre le hubiera ocurrido algo similar y que lo que pasó fue en realidad algo muy distinto, cambiado en el tiempo por sus recuerdos y deseos. En cuanto a lo de mi padre, pura influencia gracias a mi madre. Al fin y al cabo él ya creía fervientemente en los fantasmas antes de conocerla, si ella le dice que tiene uno en su casa, ¿Cómo no verlo?

Pero eso me dejó otra angustia en mi corazón, la angustia que los religiosos siempre achacan a los ateos, y puede que sea cierta: Si no creía en la existencia de fantasmas, ya no podría volver a ver a los que se iban. No podría conocer nunca (De verdad) a mi bisabuelo, y una vez que mis seres queridos se marcharan tampoco podría volver a verlos, nunca más.

Pero de nuevo el tiempo y esa historia me enseñó una valiosa lección, una lección que recordé cuando me serené luego de la muerte de mi abuela. Quien somos no depende únicamente de nosotros, sino de todos los que nos rodean.

La vida, las relaciones con los demás, los recuerdos que dejas atrás. Todo queda aunque te marches.

Mi bisabuelo había muerto muchos años antes de que yo naciera, pero su vida, su manera de ser, su trato con los demás, todo lo que fue, saltó años y generaciones y llegó a mi. Sus recuerdos se transformaron en mis recuerdos, sus ideales me enseñaron parte de mis propias ideas. El amor que había sentido por mi madre y ella por él había cruzado el tiempo e incluso la muerte para alcanzarme. Todo lo que mi bisabuelo fue no había desaparecido, aunque él físicamente ya no existiera. Puede que parte se quedara por el camino, hay muchas cosas que ni yo, ni nadie sabrá nunca sobre él, pero no todo se ha perdido. Mi madre es quien es, en parte, por mi bisabuelo y si parte de mi depende de lo que mi madre es, significa que una parte de mi también es lo que mi bisabuelo fue. Todo está relacionado, e incluso las cosas que nos parecen más insignificante, dejan huella. Puede que no tengan nombre y apellido, puede que no sean recordadas por quien fuiste, o no para todos, pero de una manera quizá ínfima pero importante, todo lo que eres queda impregnado en el mundo después de morir.

Y eso a mi sí que me consuela. Porque si los simples recuerdos de mi bisabuelo pudieron llegar hasta mi de una manera tan intensa, aunque sea doloroso, ¿Cómo pensar que los que amamos realmente nos abandonan cuando mueren? Impregnados en nuestra manera de ser está parte de ellos y aunque los recuerdos se distorsionen y cambien, el efecto que esas relaciones tuvieron en nosotros no cambia, y pueden ser transmitidos a los demás.

No me hace falta soñar con la eternidad. Me basta saber que la gente a la que quiero se quedará a mi lado en forma de recuerdos, en forma de hechos. Y no necesito perdurar más en el tiempo de lo que aquellos con los que viví necesiten recordarme. No necesito la eternidad, no quiero vivir en un sueño por muy bello que sea. Un encuentro con mi bisabuelo una noche hace tantos años me ha demostrado que no se necesita creer en un dios para saber que lo verdaderamente importante de los que queremos perdura en el tiempo, por lo menos en nuestro tiempo.

El cielo rosa

El cielo rosa, o de cómo una pregunta infantil me llevó a entender un poco mejor a la gente.

Hay una pregunta que es probable que todos nos hayamos hecho alguna vez: ¿Ven los demás los mismos colores que yo?

Con eso no me refiero a problemas como el daltonismo o la acromatopsia, sino a si el rojo que yo veo es el rojo que tu ves. A ambos nos han enseñado de pequeños que el cielo es azul y las rosas rojas, nos han señalado un color y nos han dicho que ese es su nombre, ¿Pero puede ser que tu veas el cielo del color que yo llamo verde y yo las rosas del color que tu llamas amarillo aunque ambos sigamos estando de acuerdo que el cielo es azul y las rosas rojas porque nos lo han enseñado así? ¿Puede ser que estemos llamando a colores que cada uno percibimos diferente de la misma manera porque nos han enseñado que se llaman de ese modo? ¿Cómo podemos averiguar si eso ocurre, si no somos capaces de ver lo que otro está viendo? ¿Cómo sabemos que cada uno de nosotros está viendo colores completamente diferentes llamándolos por una enseñanza cultural, de la misma manera, pero cayendo en el error de ser, en realidad, diferentes?

Hoy la ciencia nos enseña que eso no es así (a no ser que padezcas algún defecto como los mentados arriba) y que percibimos los colores, en grosso modo, de la misma manera e intensidad, aunque emocionalmente nos puedan afectar de manera diferente. Pero una cosa esta clara: Vemos los mismos colores.

La explicación, que puede tornarse sencilla o compleja dependiendo del lugar en que consultes esa duda, viene a decir básicamente que la retina humana se compone principalmente de bastones y conos. Estos últimos, en humanos, se dividen a su vez en tres tipos de conos, sensibles a diferentes longitudes de onda (verde, azul y rojo), lo que permite que el cerebro pueda interpretar los colores en función del grado de excitación de cada uno de los tres tipos de conos. Sabiendo que la longitud de onda no cambia al incidir en un objeto dependiendo de la persona que lo mire, queda claro, pues, que todos vemos los mismos colores aunque emocionalmente podamos reaccionar de manera diferente a ellos.

Pero eso no es lo importante de esta entrada, lo que yo quería resaltar aquí es el momento en que esa pregunta me fue formulada.

No tendría yo más de diez años cuando mi mejor amigo, en el patio de la escuela, me presentó esa duda: “¿Vemos los mismos colores?” Después de la previa exposición y explicación, ambos concluimos (Erróneamente, como ya he expuesto arriba) que era imposible que nunca conociéramos cómo veían otras personas los colores y por ese motivo nunca resolveríamos dicho misterio.

Esa duda, que tardé algunos años más en resolver (Cuando por fin encontré un profesor de biología que no nos trataba como tontos y nos explicó detalladamente cómo funcionaba la percepción de colores en humanos) me sirvió para entender otra cosa que ha resultado, en gran medida, una guía para mi vida en sociedad, y que aunque parezca una tontería, a sido una referente para mi desde hace años:

No podemos ser otras personas, no podemos saber nunca en realidad que hay dentro de cada uno.

No importa lo bien que una persona se exprese, lo extrovertida que sea o lo mucho que te cuente acerca de ella o de como se siente. No importa si es tu familiar más cercano o tu mejor amig@. No importa en absoluto como sea de estrecha la relación entre ambos, nunca podrás estar en la mente de otra persona, hay un mundo tan inmenso y tan complejo dentro de cada uno que si ya de por si es difícil llegar a entendernos a nosotros mismos, ¿Cómo esperamos comprender a los demás? Las relaciones interpersonales son muy complejas y aún así, concluimos que muchas veces esas relaciones son sólidas y que conocemos a otros tanto como se nos conoce a nosotros. Pero existen límites claros, una frontera entre quien eres y quién creen los demás que eres. Entre lo que muestras a la gente y lo que guardas, entre lo que eres con unas personas y lo mucho que puedes llegar a cambiar con otras. Por ejemplo, todos estaremos de acuerdo en que por normal general nos comportamos diferente con nuestro familiares dependiendo de si son más lejanos o más cercano, y a su vez esa manera de comportarnos cambia cuando estás con tus mejores amigos o simples compañeros, si tienes que tratar con un superior o con un subordinado.

Cambiamos, somos diferentes, mostramos al mundo solo una parte de todo lo que hay en nuestro interior, y a cada individuo un fragmento de toda una realidad que conforma nuestro ser. Y aún siendo siempre la misma persona, teniendo la misma personalidad, desarrollamos más una faceta que otra dependiendo ante quien tengamos que mostrar la máscara que nos podemos cuando nos descubrimos ante el mundo y ante otros.

Es por eso que no podemos nunca llegar a conocer a una persona en su totalidad, y para las relaciones habituales en las que nos movemos la mayoría, donde las relaciones no son tan estrechas, e incluso en internet, donde puedes dialogar largo y tendido con personas con las que no compartes la más mínima relación llegar a una comprensión mutua puede ser muy difícil. Y a veces, cuando estamos cara a alguien con quien nos cuesta relacionarnos no lo comprendemos, pensamos que las diferencias políticas, ideológicas, religiosas, musicales y mil más son tan abismales que no podemos entender como la otra persona puede ser tan diferente a ti.

No creo caer en una generalidad si digo que todos hemos pensado alguna vez frases de la índole “¿Cómo puede a alguien gustarle esta música/película/libro?” o “¿Cómo puede alguien creer, pensar eso? (Refiriéndose a cualquier tema)“.
Es algo que todos hemos sentido en alguna ocasión, la total incomprensión hacia los gustos o ideas de otra persona. Todos nos hemos encontrado alguna vez con esa barrera entre dos personas diferentes, entre quien eres tu y lo que piensas y quien es la otra persona, confrontada a ti, que puede tener ideas o gustos que no concibes como puede sostener.

Y aquí viene el motivo de todo el asunto de los colores, porque hay una única frase que a mi me hace recordar toda esta argumentación que he venido haciendo: “Quien sabe si la otra persona ve el cielo rosa

Cuando a veces estoy enfrascada en un debate donde no logro comprender de ninguna manera como la otra persona defiende una postura tan antagónica a la mía, cuando a veces intento entablar conversación con alguien con quien no creo compartir ningún gusto ni idea, cuando pienso en todo lo que nos diferencia, en porqué la gente es tan rara, entonces pienso “Puede que la otra persona vea el cielo rosa” y recuerdo automáticamente lo diferentes que somos todos unos de otros, lo difícil que es saber cómo son las personas, conocerlas, entenderlas, llegar a saber algo de lo que de verdad esconden y llegar a entender, a un verdadero entendimiento de quien son.

Y entonces me relajo y pienso que a veces, el problema de las relaciones empieza en uno mismo, y en no saber comprender que los otros son diferentes, y que hay que respetar esas diferencias aunque tu no las concibas, que hay cosas que puedes no entender de los otros simplemente porque no puedes ser ese otro, que las cosas no son tan sencillas como que tu no comprendas algo y que si no haces nada por superar esa primera barrera, no lograrás nada.

Por eso acabo esta entrada con una frase que también recuerdo a menudo, de aquella conversación con mi amigo en el patio de escuela (Siguiendo la falsa idea de que vemos colores diferentes llamándolos del mismo modo), y que ha quedado tan grabada en mi: Puede que en realidad a todos nos guste el mismo color, pero que lo llamamos diferente. Porque no entiendo que no a todo el mundo le guste el azul.

Esa frase tan simple explica el motivo de todo: Nos cuesta entender que otros piensen diferente a nosotros. Y mientras no entendamos eso, tendremos que seguir recordando que “Puede que la otra persona vea el cielo rosa” .